viernes, 26 de octubre de 2012

Whisky.


Le tengo un poco menos que odio, pero sin ella estoy solo, y la soledad me aterra más que mil demonios putrefactos del averno. Sacudo un poco el vaso para que el agua de los hielos se mezcle con el whisky. Al carajo. El próximo será seco. Pienso, un rato, dónde estará, ¿qué hace? Un gato en celo llora en alguno de los patios linderos. Sin vergüenza, y con mucha paciencia, entona su moribundo cántico, lúgubre, ensordecedor. Liquido el whisky y me acerco a la ventana, con la esperanza de ver al animal. Lo puedo observar trotando por la medianera, alarmado por algún ruido menor que mi oído simplón no alcanzó a captar. Ágil, sin que siquiera las sombras lo noten, el gato salta sobre un árbol y desaparece. Vuelvo la atención a la botella de whisky que me sonríe desde la mesa, y no hago caso omiso de sus consejos al rellenar mi vaso, que esta vez no tintinea, en su carencia de hielo. Volver al sillón no me apetece, dado que se muestra ligeramente amenazador en las memorias que acarrea, por lo que salgo al patio. Corre una brisa veraniega agradable, de esas que hacen pensar que el mundo es mejor de lo que parece y que el humano no es tan cruel como quiere ser. Un par de nubes cabalgan el cielo, veloces, como si el gato gritón las corriera con voracidad y afiladas zarpas. Algo (que no es la brisa) me dice que la noche culminará en una borrachera abandonista de mi consciencia. Quizás sea el vaso, hablando, acompañándome en estas largas horas de insomnio, o, quizás, en alguna remota posibilidad, sea yo mismo, conocedor de mis vicios, mis flaquezas, mi forma. Retorno al pensamiento que el anterior vaso de whisky lavó: ¿qué estará haciendo? La brisa toma las hojas de la enredadera que descansa en la pared y las sacude con suavidad, como si las despertara de su letargo. Estas, impasibles, vuelven a su sueño verde a los pocos segundos.
Ya no la esperes, andá a dormir.
No la estoy esperando.
¿Y qué hacés entonces? — pregunta, cruel, el whisky.
Te acompaño a vos, y vos me acompañás a mí. Nos hacemos compañía el uno al otro porque no podemos dormir y queremos pensar menos — replico.
Mis pensamientos son los tuyos, no te engañes.
Considero que tiene algo de razón, pero no tengo mayores ánimos para continuar con la conversación, así que vuelvo mi vista a la enredadera. El líquido ambarino se diluye en mi boca con un último sorbo, susurrándome que el vaso necesita ser llenado de nuevo.

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