lunes, 13 de febrero de 2012
Crusoe.
En su casita al lado del mar, pasaba sus ratos ociosos escribiendo, los días
soleados, fumando una pipa y leyendo en los días ventosos, y mirando el
paisaje, y a veces, también escribiendo, cuando llovía. En ocasiones jugaba a
ser Robinson Crusoe, solitario en una isla, pensando qué es lo que haría y cómo
evitaría la locura, y de vez en cuando se dejaba llevar e imaginaba su rescate.
Los rescatistas siempre lo recibían, apenas subía al barco, con alegría y lo
palmeaban, felicitándolo por la supervivencia y la valentía con la que había resistido todo. Luego, durante la cena, él contaba a los marineros la historia del
accidente, y entre risas y solemnidad ellos hacían preguntas, por ejemplo,
sobre cómo se había alimentado. Al llegar a tierra, con su aparición y regreso
anunciado en todo el mundo, sus padres lo recibían en el puerto, y le
preparaban una espectacular cena, nada improvisada, a modo de bienvenida. El
teléfono no paraba de sonar, pero habían grabado un mensaje para la
contestadora que avisaba que no lo atenderían hasta el día siguiente. Después
de un largo rato de juego volvía a su casita al lado del mar y comía, o dormía,
dependiendo del momento del día.
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