Le tengo un poco menos que odio, pero sin ella estoy
solo, y la soledad me aterra más que mil demonios putrefactos del averno. Sacudo
un poco el vaso para que el agua de los hielos se mezcle con el whisky. Al
carajo. El próximo será seco. Pienso, un rato, dónde estará, ¿qué hace? Un gato
en celo llora en alguno de los patios linderos. Sin vergüenza, y con mucha
paciencia, entona su moribundo cántico, lúgubre, ensordecedor. Liquido el
whisky y me acerco a la ventana, con la esperanza de ver al animal. Lo puedo
observar trotando por la medianera, alarmado por algún ruido menor que mi oído
simplón no alcanzó a captar. Ágil, sin que siquiera las sombras lo noten, el
gato salta sobre un árbol y desaparece. Vuelvo la atención a la botella de
whisky que me sonríe desde la mesa, y no hago caso omiso de sus consejos al
rellenar mi vaso, que esta vez no tintinea, en su carencia de hielo. Volver al
sillón no me apetece, dado que se muestra ligeramente amenazador en las
memorias que acarrea, por lo que salgo al patio. Corre una brisa veraniega
agradable, de esas que hacen pensar que el mundo es mejor de lo que parece y
que el humano no es tan cruel como quiere ser. Un par de nubes cabalgan el
cielo, veloces, como si el gato gritón las corriera con voracidad y afiladas
zarpas. Algo (que no es la brisa) me dice que la noche culminará en una
borrachera abandonista de mi consciencia. Quizás sea el vaso, hablando,
acompañándome en estas largas horas de insomnio, o, quizás, en alguna remota
posibilidad, sea yo mismo, conocedor de mis vicios, mis flaquezas, mi forma.
Retorno al pensamiento que el anterior vaso de whisky lavó: ¿qué estará
haciendo? La brisa toma las hojas de la enredadera que descansa en la pared y
las sacude con suavidad, como si las despertara de su letargo. Estas,
impasibles, vuelven a su sueño verde a los pocos segundos.
—Ya no la esperes, andá a dormir.
—No la estoy esperando.
—¿Y qué hacés entonces? — pregunta, cruel, el
whisky.
—Te acompaño a vos, y vos me acompañás a mí. Nos
hacemos compañía el uno al otro porque no podemos dormir y queremos pensar
menos — replico.
—Mis pensamientos son los tuyos, no te engañes.
Considero que tiene algo de razón, pero no tengo mayores
ánimos para continuar con la conversación, así que vuelvo mi vista a la
enredadera. El líquido ambarino se diluye en mi boca con un último sorbo, susurrándome
que el vaso necesita ser llenado de nuevo.